lunes, 25 de mayo de 2015

La gran tragedia de España

Consciente de que mi opinión no va a ser compartida por muchos de vosotros, hoy me dispongo a desgranaros una a una mis conclusiones sobre una jornada electoral que poco tuvo de festiva - aunque algunos sigan empeñándose en llamarla 'fiesta de la democracia'. 

Supongo que todos los españoles podían esperar un retroceso considerable del bipartidismo. Es más, admito que me parece sano desde un punto de vista democrático que se renueven los portadores del poder regional y autonómico, y se sacudan las mayorías absolutas a las que llevamos acostumbrados cuatro años. En política todo debería ser negociar, dialogar y pactar, siempre y cuando dichos pactos tengan como objetivo principal la defensa de la mayoría sin arrinconar a las minorías.

Pues bien, ayer el principal partido de España sufrió un duro varapalo que le ha hecho perder muchos votos - dos millones y medio, para ser más exactos; sin embargo, el PSOE no capitalizó el descontento y sigue retrocediendo (y eso que está en la oposición, ojo); los partidos emergentes, Podemos y Ciudadanos, confirmaron su irrupción y han entrado con una innegable fuerza en la mayoría de parlamentos autonómicos y asambleas regionales.

Hay infinidad de razones para estar orgulloso de ser español y fijaros que hoy me cuesta verdaderamente identificarme con el aparente sentir de muchos -muchísimos- de mis compatriotas. La gran tragedia de España es la falta de altura de miras; me resulta complicado pensar en países con el mismo sistema de sanidad pública e infraestructuras pero también es difícil recordar casos en los que la población de una nación se haya auto-negado el derecho a seguir avanzando, como corresponde en el siglo XXI. La entrada de Podemos me resulta aterradora porque yo no me resigno a que la pujante capital española se convierta en la referencia bolivariana a nivel europeo; me resulta vomitivo que una persona que ha dicho abiertamente que los etarras "han sufrido mucho" se vaya a convertir en alcaldesa de la tercera ciudad europea; no consigo entender cómo un individuo sin apenas formación tenga prospectos reales de llegar a la Presidencia del Gobierno. Ironía o no, el mismo país que viste a medio mundo gracias a la textil gallega Inditex, o que conecta América Latina gracias a Telefónica, es la misma nación donde en política vale todo y nadie espera nada bueno de los políticos.
Y sí, la vida en general y la política en particular son injustas, pero si hay algo peor que la injusticia es la ingratitud. Ingratitud y negación a reconocer que la España de hoy en nada se parece a la de 2011; ¿por qué esa incomodidad general al ser reconocidos en Europa como un ejemplo de buen hacer? Tal vez la sociedad española encuentre bochornoso que nuestra economía vaya a liderar el crecimiento europeo este año, o que la creación de empleo esté en su nivel más alto en siete años, que se dice pronto. Imagino que la entrada puede empezar a sonar a discurso electoralista pero, ¿sabéis qué? Hace mucho tiempo que perdí el miedo a alzar la voz y a decir lo que verdaderamente creo. No hay motivo alguno por el que no me pueda sentir orgulloso de la recuperación de la imagen internacional de España, ni siquiera el miedo al "qué pensarán". Lo digo alto y claro: Rajoy y su Gobierno me han devuelto la confianza en que España puede volver a ser un país pujante donde uno pueda llegar hasta donde decida. Y cierto es que afortunadamente a todos nos corresponde el derecho constitucional de tener nuestras convicciones ideológicas, pero el problema es que esas convicciones se ven muchas veces amenazadas por ataques desdeñosos. 
Ayer se demostró que se ha abierto un nuevo ciclo político en nuestro país y personalmente creo que cada uno tiene que jugar sus cartas y reflexionar sobre qué modelo de país quiere. Para mí, el futuro no se juega en Venezuela sino en Londres, Singapur y Oslo, y no me cansaré de repetirlo. Así que las cosas por su nombre: Podemos representa la decadencia de España en el peor y más absoluto sentido de la palabra. 
Y es que verdaderamente considero que ayer se demostró que hay una amenaza real de que España se convierta en un país atrasado. La paradoja del hundimiento del navío se evidencia en la cultura del enchufismo y el 'todo sea por el poder'. Porque, realmente, ¿alguien duda de que el PSOE formará gobiernos autonómicos y municipales con Podemos con tal de robarle el poder a la 'malvada, antidemocrática y capitalista derecha' allá donde pueda? ¿De verdad alguien alberga la esperanza de que el sentido de estado se impondrá y Pedro Sánchez se sentará a hablar de pactos con Esperanza Aguirre? Nuestras exigencias son demasiado altas, españolistos... ¡todo sea por la Concejalía de 'Equidad de Sexos'!
En España se premia al perdedor y lincha al ganador de las elecciones. Aquellos que se auto-catalogan como los portadores de la ética y la moral olvidan que, independientemente de los votos que el primer partido le saque al segundo, una coalición de perdedores tiene más posibilidades de gobernar si todos deciden arrinconar al que vence. Y es que eso es tan... ¡español! Es la cultura de la no meritocracia, de rodearse de un equipo conformado por mindundis para evitar que te quiten el puesto. 

Sin duda alguna, en las próximas semanas vamos a acudir a un canto generalizado de 'si se trata de acumular poder, todo vale'. Todo - aunque ello implique someter a España a un castigo injustificado, antidemocrático y que no representa a la mayoría. El problema es que camino por mi calle y me gusta lo que veo - me gusta España. Por eso me da pena; me da pena que nos hayamos rendido tan pronto.

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