lunes, 28 de septiembre de 2015

Y entonces van ellos y te callan

Dijo Margaret Thatcher una vez que permanecer en medio de la carretera es peligroso, porque pueden venirte los golpes de ambos lados. Independientemente de hasta qué punto uno pueda discrepar con sus políticas, no se puede negar que Thatcher tenía razón.

Ayer, siguiendo la recta final del escrutinio de las elecciones catalanas, me acordé de la frase que la ex Primera Ministra dijo dondequiera que fuese que la pronunció. Me parecía oportuno recordar que Cataluña se encuentra absolutamente bloqueada por las constantes provocaciones políticas desde hace años; no llega la inversión y lo único de lo que TV3 habla es del derecho de autodeterminación - con toda la legitimidad que expresar un punto de vista tiene. Llevo mucho tiempo teniendo la sensación de que este bloqueo en el día a día de los catalanes empieza a ser asfixiante.

Y entonces caí. El problema de Cataluña -o mejor dicho, el problema de los políticos catalanes- es que quieren capitalizar la opinión de la mayoría. Y es que la mayoría jamás es unánime; siempre hay discrepancias de todo tipo, para todos los gustos. Siempre, sin excepción alguna, alguien se sale del guión establecido y lidera una opinión distinta. Y yo me pregunto, ¿qué tiene eso de malo? La política que el señor Artur Mas ha seguido en estos últimos años ha sido la de someter más aun si cabe a la población catalana a un adoctrinamiento insoportable; ha intentado acallar al sector de la sociedad que trataba de levantarse para dar un golpe encima de la mesa y discrepar con su hoja de ruta hacia ninguna parte. Y como en política todo llega, al señor President le ha llegado lo que ya estaba tardando en llegarle: se ha dado de bruces con la realidad.

Las elecciones de ayer dibujaron un escenario bastante distinto al que esperaba. Admito que me había resignado a creer que los catalanes habían caído en la trampa de los países catalanes, y que por lo tanto Mas revalidaría gobierno. Y entonces, van los catalanes y nos callan la boca a todos. A mí incluido. Ya no es el hecho de que la lista independentista conjunta haya reducido sus apoyos de forma considerable -de lo que por cierto, me alegro mucho-, sino que la sociedad catalana ha demostrado que hay una voluntad mayoritaria de permanecer unida a España. A un país con defectos y muchísimos matices que corregir, pero que sigue siendo un proyecto común ilusionante al que merece la pena seguir adscrito.

Luego surgen voces, como es lógico, que te estropean el subidón, como el señor Aznar. Últimamente no está nada acertado y me está empezando a cansar de forma muy considerable. ¿Por qué -y la pregunta va en serio- solo sale a hablar cuando la posición del partido al que se supone pertenece se ve algo comprometida? ¿No tiene a caso sentido de la lealtad? Será que sé poco de política, pero si hay algo que detesto es la ingratitud. Y el señor ex-presidente es probablemente la figura política que más rechazo me causa por el constante egocentrismo que demuestra. Si eso de que la vieja política ha muerto es cierto, espero que las imperdonables formas de Aznar lo hayan hecho también.

Pero claro, luego viene la CUP y también te sorprende admitiendo que el plebiscito lo han perdido, y que por tanto la declaración de independencia unilateral (¡¿a caso fue una opción?!) ya no es viable.

Hoy no sé que decir. Parece que el sentido común empieza a asomar entre las rendijas que el vendaval independentista ha dejado.
Pero no lo voy a decir muy alto que a buen seguro mañana recularán. Solo quiero disfrutar del pasajero placer de ver a los políticos admitir sus derrotas, y de sentir que de una vez por todas las tendencias -al menos extraoficialmente, que la Generalitat sigue empecinada en la distorsión- empiezan a cambiar.

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