lunes, 29 de febrero de 2016

Una noche para el recuerdo

12 sobre 16. Esos son los aciertos que tuve al predecir los triunfadores de la 88ª edición de los Premios de la Academia. Unos premios equitativamente repartidos en una ceremonia conseguida,  marcada por el humor (a veces excesivo) y el triunfo de caras nuevas.
Mark Rylance, Brie Larson, Leonardo DiCaprio y Alicia Vikander, posando en el photocall tras ganar sus respectivas estatuillas.


Para mí, lo justo habría sido ver a Carol triunfar en todas y cada una de las categorías en las que estaba nominada; y en las que no también, porque la impecable dirección de Todd Haynes nos ha dejado una auténtica joya para el recuerdo. Pero lo mismo me pasó el año pasado con Boyhood: ¿quién se acuerda hoy de Birdman, más que por el hecho de que su director se haya vuelto a proclamar el mejor realizador del año? Pero como hoy no se trata de quejarse, sino de evaluar lo ocurrido ayer en la noche del cine por excelencia, entremos al lío...

Aunque he de decir que hay ciertos aspectos de la Academia que me vuelven loco y que no consigo descifrar. ¿Por qué esa tozudez por no querer reconocer cintas rompedoras? Porque de Spotlight se pueden decir muchas cosas, buenas y malas, pero nadie me podrá discutir que su conservadurismo artístico es innegable. El triunfo de Spotlight tal vez se deba al merecido homenaje a una de las profesiones menos valoradas, el periodismo; pero resulta sorprendente, o por lo menos yo lo veo así, su premisa superficial, mediante la cual uno se queda con la sensación de que ir a misa es sinónimo de compartir culpa con los curas de Boston.
Pero bueno, a la vista está que los académicos discrepan enérgicamente con mi visión de la cinta. Consiguió alzarse con las estatuillas a Mejor guión original y nada más y nada menos que Mejor película.
Todd Haynes, director de Carol, posa junto con
Cate Blanchett, ciertamente elegante.
De entre las ocho nominadas a mejor cinta del año (aunque reitere que si las candidatas hubieran sido otras, mi opinión habría sido radicalmente distintas), yo era defensor de El Renacido. Una película colosal en todos los aspectos, gracias a una refrescante y afortunadamente pretenciosa dirección por parte de Iñarritu (que ya ha pasado a la historia como uno de los únicos tres directores en ganar dos años seguidos), que nos ha dejado momentos verdaderamente épicos. 
Una de las grandes sorpresas de la noche fue la victoria de Mark Rylance, a quien yo mismo daba pocas opciones dado el favoritismo de Sylvester Stallone por Creed, pero de cuyo triunfo me alegro profundamente. Ayer leía que Rylance es sin duda uno de los mejores actores del panorama actual, y que bien merecía la estatuilla dorada si ello servía para dar más a conocer a un auténtico genio de la interpretación. La verdad es que fue una de las grandes alegrías de una gala que, de forma consistente, nos regaló entretenimiento desbordante, humor desternillante y mucha, mucha emoción, cuyo momento culminante llegó cuando Morricone recogió su primer Óscar por Los Odiosos Ocho con 87 años, lo que arrancó los aplausos de un público en pie y entregado. 
Por lo demás, los premios se repartieron de forma bastante predecible. Alicia Vikander, Brie Larson y sobre todo Leonardo DiCaprio, cumplieron expectativas ganando en sus respectivas categorías de mejor interpretación.
Si el año pasado terminaba la carrera con un sabor ciertamente agrio por la no victoria de Boyhood, la sensación es parecida con Carol. La diferencia es que la gala de este año ha sido deslumbrante, y Chris Rock nos ha hecho olvidar de un plumazo todo lo que Neil Patrick Harris hizo mal el ejercicio pasado.

Ya me he resignado a pensar que la Academia nunca atina del todo. O por lo menos, esa es la sensación con la que siempre me quedo. Pero, ¿y lo que hemos disfrutado estos meses de carrera? Irremediablemente, echaré de menos hacer apuestas y especulaciones sobre qué pasa en las galas de premios. Aunque, como muy bien dijo ayer Mark Rylance, Hollywood no son los Óscar. Ésta es solo una noche de un viaje mucho más largo e intenso, al que nunca es tarde para unirse y jamás sencillo  de olvidar - pero que habla de la vida; de historias individuales de personas que, como nosotros, viajan en metro y disfrutan conmoviéndose al verse reflejados en una pantalla de lona.

Así que sigamos. No dejemos de disfrutar juntos del cine. Al fin y al cabo, ¿quién se acuesta a las seis de la madrugada para ver una ceremonia en la que un grupo de inaccesibles dinosaurios decide por nosotros cuál es la mejor peli del año?

Mirad para otro lado, relojeros, porque yo de aquí no me pienso mover. ¿Seguimos?

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