lunes, 26 de septiembre de 2016

Bravo, Madame Florence!

Stephen Frears firma la impecable película de la imperfecta Florence Foster Jenkins - cuyas debilidades son tratadas con mimo, y acaban por convertirse en el eje central de un biopic que evoca lo mejor del director británico.



La grandeza en la existencia de Florence Foster Jenkins residió en su incondicional y bondadosa entrega a la música. Gracias a su abultado patrimonio procedente de la herencia de su padre, Jenkins lideró infinidad de causas en favor de la protección y promoción de la música como forma de vida. Pronto se encontraría cantando -o haciendo un intento de- ante un público entre atónito y conmovido en el mítico Carneggie Hall de Nueva York.

Afortunadamente, Stephen Frears da con el tono adecuado para lidiar con la vida de una mujer irrepetible, hacia la que no podemos sentir más que afección y empatía; una persona incapaz de escapar de su inutilidad para cantar - pero cuyo empeño deja de resultar cómico y se torna en una enternecedora rebelión contra lo establecido.

En su papel protagonista, Streep está insuperable - y apuesto a que volverá a hacer historia consiguiendo su vigésima nominación al Óscar. No hay nada que pueda decir, ningún calificativo posible que sirva para catalogar el nuevamente intachable trabajo de Meryl; pero Hugh Grant está también impecable, y tras un tiempo lejos de las pantallas, realiza su esperado retorno interpretativo de forma sublime. 

En Florence Foster Jenkins hay una historia mucho más conmovedora y relevante de lo que pudiera parecer, latente desde las excentricidades de una mujer tan excepcional como quijotesca. El guión y la dirección dan con el ritmo perfecto para exponer el idealista y estrafalario mundo de Jenkins - y ahondan en la idea central del recurrente aunque minuciosamente explorado tema de los sueños; esos mismos que llevan a Florence a auto-convencerse de que ni el fingido aprecio de sus más allegados ni su nata negación para la música son suficientes para frenar su talento congénito para superarse.

La estética de Florence Foster Jenkins es apabullante; su música, una nueva creación meticulosa de Alexandre Desplat. Todo ello ayuda a explorar, con más armonía si cabe, temas como la fragilidad del espíritu humano, nuestra naturaleza vanidosa o el cuestionable disfrute colectivo de la incapacidad ajena. 

Stephen Frears, mediante la película adecuada, hace su merecido homenaje a una mujer vanguardista, entusiasta y seguramente adelantada a su tiempo. Una mujer de la que se puede decir que no supiera cantar, pero no que no lo hiciera. Y tal vez sea en esta simple realidad en la que resida la esplendidez de la película.

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